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El capitán Don Rufino Solano

Por Omar Horacio Alcantara

El Capitán azuleño Don Rufino Solano actuó en la llamada “frontera del desierto” entre los años 1855 y 1880, desarrollando un papel inigualable dentro de toda la historia argentina. Conoció y trató personalmente con Justo José de Urquiza, Domingo F. Sarmiento, Nicolás Avellaneda, Bartolomé Mitre, Marcos Paz, Adolfo Alsina, y hasta el mismísimo Julio Argentino Roca y ministros de sus gabinetes. En el ámbito militar actuó y luchó bajo las órdenes del Coronel Álvaro Barros, Coronel de Elia, General Ignacio Rivas, Coronel Machado y en el plano eclesiástico, fue además el eslabón militar con el Arzobispado Metropolitano, en la figura de su Arzobispo Monseñor Federico León Aneiros, denominado el “el Padre de los indios”.

Con verdadero arte y aplomo también se vinculaba y relacionaba con todos los Caciques, Caciquejos y Capitanejos de las pampas, adentrándose hasta sus propias tolderías. Mediante ello, logró liberar cientos de personas, entre cautivas, niños, camaradas militares, y en una ocasión hasta un Juez de Paz de Tapalqué, en medio de aquella época donde arreciaban los malones. Asimismo, mediante su labor mediadora y pacificadora, evitó muchísimos sangrientos enfrentamientos. Es así como prestigiosos y académicos historiadores, concluyen sin vacilar que “durante casi veinte años el Capitán Solano logró mantener la paz en sus confines (sic)”. Galardonan su legajo militar dos glosas manuscritas por el Coronel Álvaro Barros, fundador de Olavarría, colmándolo de merecidos elogios.

Por este don que poseía, el Ministro de Guerra Adolfo Alsina, ante una gran multitud reunida en el Azul en el mes de diciembre del año 1875, le manifestó: “Capitán Rufino solano, usted en su oficio es tan útil al país como el mejor guerrero”. Es que, con sus tratados de paz, logró evitar los ataques a la región durante la guerra con Paraguay donde existía mucha debilidad en la frontera.

Si bien era poseedor de una gran valentía, lo que más lo identificaba era su poder de persuasión, no solo porque hablaba el idioma araucano a la perfección, sino que además sabía como plantarse ante los caciques y demostrar su firmeza, sinceridad y honestidad en el trato; esta innata virtud le permitió gozar del máximo prestigio y confianza de ambos bandos. Mediante su atinado manejo de situaciones críticas logró evitar mayores derramamientos de sangre y por este aspecto, con toda justicia, se lo conoció como “el diplomático de las pampas”, ello, antes que el General Julio Argentino Roca decidiera llevar a cabo la “conquista del Desierto” en 1880, contienda en que el gran Capitán Rufino Solano no participó. Pero actuó valientemente como soldado cuando debió defender los suyos, como veremos más adelante.

Desempeñando esta función, se lo vio acompañando a cuanta delegación de indios se acercó a Buenos Aires a parlamentar con las autoridades nacionales, tanto políticas, militares como eclesiásticas. Cuando venía con alguna delegación, se alojaba en el Hotel Hispano Argentino u otro de Buenos aires, a veces en los Cuarteles del Retiro, e iba con ellos a las entrevistas, y finalmente los acompañaba de regreso cabalgando nuevamente, rumbo a la frontera.

Durante sus servicios, efectuó travesías de miles de kilómetros a caballo, siempre acompañado por tres o cuatro soldados e incluso en muchas ocasiones se aventuraba solo; solía pasar varios días en las tolderías, era admitido y aceptado allí, merced al enorme respeto y consideración que le tenían y eso le sirvió para retirarse levándose cautivas y otros prisioneros de los indios.

Por supuesto que este “hombre de dos mundos” sabía hablar el idioma de los indígenas a la perfección, especialmente el araucano, la lengua de Calfucurá, y manejaba los términos adecuados para manifestarse ante los indios; pero, tan valiosa como esta virtud, era la que también sabía usar en forma adecuada las palabras en español, ante sus superiores, tanto militares como del Gobierno Nacional, para llegar así a acuerdos ecuánimes y que finalmente se cumplieran. Esta honestidad en su comportamiento le permitió siempre regresar a las tolderías para lograr salvar nuevas vidas.

En una ocasión, durante sus recorridas por la frontera, sorpresivamente se encontró acorralado por una gran cantidad de indios, Solano iba con un pequeño grupo de soldados. Todos sus soldados sacaron sus armas, preparando una rápida huída mas el Capitán les gritó a sus hombres que se quedaran quietos, ya que actuando de esta manera lo único que iban a lograr sería que los “chucearan” de atrás. En lugar de ello, les pidió que lo esperaran, que iría a parlamentar para tratar de salvar sus vidas, y se dirigió solo hacia un individuo que, por su postura y aspecto, parecía era el líder de la indiada. Solo Díos sabe lo que les dijo, la cuestión es que cuando terminó el coloquio se adentraron todos hasta la toldería, y luego de un par de días regresaron con un grupo de cautivas y hasta fueron acompañados, escoltados, por los propios indios y su Caciquejo hasta las cercanías del fuerte. Lo narrado se encuentra plasmado en manuscritos de la época obrantes en acreditados archivos oficiales (Archivo Histórico del ejército Argentino).

No fue esta la única oportunidad en la existencia del Capitán Solano en la cual estuvo a cinco centímetros de punta de una lanza, pero lo dejaré para otra oportunidad, porque debo continuar con mi relato.

Actuó en los Fuertes Estomba, Blanca Grande y del Arroyo Azul, entre tantos otros. Con su actuación militar se lo considera uno de los forjadores de las fundaciones de las ciudades de Olavarría, San Carlos de Bolívar, entre otros lugares donde le toco servir (batallas de Blanca Grande, de San Carlos, etc.).

Por el año 1873, en un multitudinario acto, le fue entregada por la sociedad de la ciudad de Rosario, Santa Fe una medalla de oro, en premio a sus servicios rescatando prisioneros y cautivas residentes en esa ciudad. Además se le hizo entrega de un testimonio de gratitud que manifiesta lo siguiente: “Rosario, 5 de agosto de 1873. Al Capitán Don Rufino Solano: Me es satisfactorio dirigirme a Ud. Participándole que el “Club Social” que tengo el honor de presidir resolvió en asamblea general obsequiar a Ud. Con una medalla de oro que le será entregada por el socio Don José de Caminos la que tiene en su faces verdadera expresión de los sentimientos que han inspirado al “Club Social” a votar en su obsequio este testimonio de simpatía y agradecimiento por la atenta abnegación y generosidad con que penetró hasta las tolderías de los indios de la Pampa para realizar el rescate de los cautivos cristianos, llevando con plausible resultado la difícil y peligrosa misión que le encomendó la Comisión de rescate del Rosario. Esta sociedad no podrá olvidar tan preciosos servicios y ha resuelto acreditarle estos sentimientos con este débil pero honroso testimonio. Manifestando así los deseos del “Club Social” del Rosario, me complazco en ofrecer a Ud. Toda mi consideración. Firmado: Federico de la Barra (Presidente).” Dicho acontecimiento fue reflejado en las primeras planas de todos los diarios de la época.

Luego de finalizar la conquista, los indios siguieron buscando al Capitán Solano para que les ayudara a conseguir tierras donde vivir y muchos de ellos las consiguieron gracias a su influencia acompañándolos ante el mismísimo Presidente de la República, General J. A. Roca, a efectuar sus petitorios; así lo hicieron el Cacique Valentín Sayhueque, Manuel Namuncurá, la Reina de los Indios Catrieleros Bibiana García, entre muchos otros. En esos territorios obtenidos hoy están enclavadas las ciudades de Los Toldos, Catriel, Valcheta y otras poblaciones más, todas ellas en territorio de las Provincias de Buenos Aires y de Río Negro.

Intervino en numerosas batallas en defensa de los pueblos fronterizos (Azul, lavaria, Tandil, Bolívar, Tres Arroyos, etc.) y en contra de los malones, entre ellas se menciona la de Blanca Grande a las órdenes del Coronel Álvaro Barros, y con el General Ignacio Rivas en la sangrienta batalla de San Carlos, actual ciudad de San Carlos de Bolívar; en esta última contienda, que duró todo el día, mientras Solano blandía su sable, los indios, reconociéndolo, le gritaban “pásese Capitán”. Por supuesto que no lo hizo, porque tanto él como ellos sabían cual era su lugar.

Su intervención en San Carlos no impidió al valiente azuleño que apenas días después de esta decisiva batalla, se presentara nuevamente en la toldería de su contrincante vencido, nada menos que el temible e indómito Calfucurá, llamado el Soberano de las pampas y de la Patagonia, siendo casi un milagro que no lo mataran; no solo ello, sino que después de unos días logró retirarse llevándose consigo decenas de cautivas a sus hogares.
Este episodio es único, porque Calfucurá, sintiéndose morir, cierta noche le indicó al Capitán Solano que se retirara, porque sabía que inmediatamente después de su muerte lo iban a ejecutar junto a todas las cautivas. Así lo hizo, e inmediatamente luego del fallecimiento del cacique, partió el malón a alcanzar al rescatador y las cautivas: escuchando los aterradores gritos de sus perseguidores y cabalgando durante toda la noche, finalmente lograron salvarse llegando a sitio seguro. Fue así como el Capitán Rufino Solano fue el último cristiano que habló y vio con vida a este legendario cacique. Por esta verdadera hazaña el Capitán Solano fue recibido con admiración y gratitud en Buenos Aires por el Arzobispo Aneiros, el Presidente de la Nación y todos sus ministros. Monseñor Aneiros hizo colocar en el Palacio del Arzobispado una placa conmemorativa de este singular episodio.

A propósito de esta máxima figura de la Iglesia Argentina, Arzobispo Federico León Aneiros, denominado “el Padre de los indios”, en varias oportunidades, el Capitán Rufino Solano ofició de enlace e intérprete con diversas embajadas de líderes indígenas, con quienes esta autoridad eclesiástica del país mantuvo varias reuniones en mencionado Hotel Hispano Argentino de Buenos Aires y en la sede del Arzobispado.

La Iglesia anteriormente había intentado un acercamiento al aborigen, fue así como en enero de 1859, el padre Guimón, asistido por los padres Harbustán y Larrouy, bayoneses, se internaron en Azul para entrevistarse con Cipriano Catriel, manteniendo tres encuentros con este cacique. El primero fue halagüeño, mostrándose Catriel solícito para atender los requerimientos. En el segundo, el P. Guimón expuso los proyectos de su acción evangelizadora, expresándole: “Somos extranjeros, hemos consentido el sacrificio de abandonar nuestro país, nuestros parientes y amigos, con el solo fin de dar a conocer la verdadera religión… ¿No tendría el cacique el deseo de ser instruido en ella?”. “-¿Por lo menos negaría el permiso de enseñarla a la gente de la tribu y especialmente a los niños?”.
Todo hacía suponer la afirmativa respuesta del cacique, sin embargo, después de consultar al adivino y a los demás jefes, el primero mostró su negativa. Durante la tercera entrevista, respondió Catriel: “No queremos recibirlo más en adelante, ni siquiera una vez, aunque fuera solo para satisfacción de su curiosidad”. Debido a esta manifiesta hostilidad demostrada por los indígenas, el misionero debió regresar a Buenos Aires, viendo totalmente frustrado su intento de acercamiento.

Catorce años mas tarde, el 25 de enero de 1874, llega al Azul el padre Jorge María Salvaire (lazarista) con idénticas intenciones de catequizar e impartir los sacramentos, pero esta vez contando el sacerdote y la Iglesia con la invalorable presencia intercesora del Capitán Solano. Es así como debiendo internarse en la pampa, en dirección a los toldos de Namuncurá, la prudencia y la cautela de este célebre sacerdote le aconsejaron la intervención de “…el capitán Rufino Solano, hombre experimentado en la vida de frontera, que en varias oportunidades y con el mismo fin había participado para Salinas Grandes, ganándose la confianza de los caciques y capitanejos, cuya lengua conocía a la perfección”.
Queda certificada la activa participación e influencia ejercida por Solano, por la existencia de tres cartas dirigidas al capitán; dos enviadas por el cacique Alvarito Reumay, fechadas el 15 de febrero y 13 de marzo de 1874, y la otra del cacique Bernardo Namuncurá, del 13 de marzo de 1874.

Son célebres los sucesos ocurridos en el transcurso de las mencionadas tratativas. La providencial intervención de Bernardo Namuncurá salvándole la vida al sacerdote, y las consiguientes promesas a la virgen efectuadas por el P. Salvaire, dieron origen a su proceso de beatificación, el cual se halla en trámite.

Fue así como el Capitán Rufino Solano trató, colaboró y le allanó el camino en la misión, casi quince años postergada, al virtuoso y venerable Padre Jorge María Salvaire, llamado “El misionero del desierto y de la Virgen del Luján”, comenzando la iglesia a tener un contacto mucho más frecuente y fluido. Así lo testimonia la afectuosa correspondencia remitida por el Cacique Manuel Namuncurá a Aneiros, destacando este cacique la presencia del Capitán Solano guiando la delegación que iba a entrevistar al Arzobispo.

Fue el propio Padre Jorge María Salvaire quién, mas tarde, colocó la piedra fundamental de la gran Basílica de Luján, el 15 de mayo de 1887.Fue su Cura Párroco, y murió en la misma ciudad de Luján el 4 de febrero de 1899 a los 51 años de edad. Sus restos fueron depositados en el crucero derecho de la Gran Basílica de Nuestra Señora de Luján a los pies de la imagen de la Medalla Milagrosa, al lado del Altar Mayor, donde yacen hasta el día de hoy. Por su parte, los restos del Arzobispo Aneiros descansan en un mausoleo situado en el ala derecha de la Catedral de Buenos Aires, en la capilla consagrada a San Martín de Tours.


En cambio, la tumba de este notable azuleño se halla ubicada en el rincón más apartado, recóndito y olvidado del cementerio local. A tal punto que, sin ayuda, difícilmente se la podría localizar.
En el marco de la excelente muestra sobre Cervantes desarrollada en nuestra ciudad, hemos podido apreciar con que admirable fervor los habitantes de otros lugares defienden sus raíces, su cultura y sus tradiciones. Esta cualidad, tan loable y difundida por nosotros cuando es ejercitada por foráneos, debe servir de ejemplo en nuestro medio para valorar y tutelar de igual modo lo que es auténticamente nuestro. Únicamente con esta actitud, obtendremos y mereceremos similar respeto y consideración de parte de los demás. Dejo el tema, librado al sano y sabio discernimiento del muy querido azuleño.

Por esta meritoria labor desplegada por el Capitán Solano, junto a estas grandes figuras de la Iglesia, no son pocos los historiadores religiosos que lo señalan y lo refieren en señal de reconocimiento a su preciosa colaboración; incluso en la más reciente actualidad, el destacado historiador Monseñor Dr. Juan Guillermo Durán, miembro de la Academia Nacional de la Historia y Director del Departamento de Historia de la Iglesia, de la Facultad de Teología de la Universidad Católica Argentina, en el año 2001 vino al Azul para fotografiar la tumba del Capitán Solano, publicándola a página completa en su libro “En los Toldos de Catriel y Railef” (Editorial de la Pontificia Universidad Católica Argentina, 2002). Se puede afirmar, sin dudarlo, que el Capitán Rufino Solano es el militar mas querido de la Iglesia.

Hace aún más valiosa y meritoria su intervención, el hecho de que su figura se convirtió en el punto de inflexión entre la función del ejército y la acción de la Iglesia, cuyas posturas y principios se presentan a menudo, por sus disímiles naturalezas, incompatibles, enfrentadas e inconciliables.

Para comprender mejor y valorizar la obra del Capitán Solano, es necesario ubicarse en el contexto y en el paisaje de la época y en nuestra patria. Por esos días la frontera era lo mismo que pararse en la orilla del mar, no había nada más que horizonte. En ese horizonte, de manera recóndita acechaba el peligro, los indios, la muerte, la cautividad. No había árboles ni nada que interrumpiera la visión, si se transitaba se debía pernoctar en medio de esa inmensidad, sin nada para protegerse, solo cielo, tierra y distancia. Nada para guarecerse del frío, de la lluvia, el viento o el calor. Idéntica situación se producía si había que luchar. Las travesías duraban días, hasta semanas enteras, se debía llevar suficiente provisiones y caballos para el recambio. Los indios brotaban de la tierra como por arte de magia. El espectáculo de una toldería india es inimaginable, allí las cautivas y prisioneros vivían en un infierno. Si alguien lograba escapar, seguramente moría en el desierto.

Las mujeres indias, por celos, hostigaban continuamente a las cautivas y les daban de comer las sobras, como si fueran perros. Para que no escaparan, a los prisioneros se le despellejaba las plantas de los pies, lo que obligaba a trasladarse arrastrándose por el suelo; vestían harapos, el hedor era insoportable. Las escenas y el ambiente eran ciertamente escalofriantes. Salvo esto, tampoco era muy diferente era la vida en los fortines o de los pueblos que se formaban alrededor de ellos.

La máxima figura azuleña demuestra que cuando alguien es verdaderamente grande jamás termina siendo olvidado totalmente, porque esa grandeza supera todos los obstáculos, incluso la ingratitud y propio paso del tiempo. Los servicios del Capitán Rufino Solano, sus conocimientos, destreza y valentía fueron requeridos por todos los sectores de nuestra olvidadiza sociedad, desde familiares desesperados que le rogaban que salvara a sus seres queridos prisioneros de los indios, pasando por las máximas autoridades nacionales, tanto políticas como militares, y aún como producto de la constante preocupación de la Iglesia por darle una solución a la critica situación. Durante décadas, todos supieron quien era y donde estaba el Capitán salvador, y él atendió a todos. Ahí radica la explicación del porqué su recuerdo siempre regresa: sencillamente por que no se puede investigar y ponderar ciertamente la historia argentina sin toparse de repente con su estampa.

En efecto, el Capitán Solano, cuyas acciones estaban regadas de un coraje, sacrificio, y espíritu de servicio excepcionales, fue una persona real, no fue una leyenda ni tampoco una novela, aunque sus épicas historias parezcan serlo, dado lo increíble de su intrepidez. Gracias a Dios este Capitán existió en la realidad de nuestra dura historia, porque debido a ello mucha gente pudo seguir con vida. El Capitán Solano vivió y sirvió a su Patria durante toda su pobre y sacrificada vida en Azul y rara vez le llegaba un sueldo. En cambio otros vivían colmados de comodidades en sus lujosas casas de Palermo de Buenos Aires, cobrando además pingues sueldos por inexistentes servicios prestados en el Azul. Esa es la cruel injusticia que nos debe doler a todos los azuleños.

Pero, les digo, en algún sitio está pidiendo ser rescatado por nosotros, sus paisanos, porque la mayoría somos descendientes de los que protegió e incluso de tantos otros que liberó, y créanme que nadie lo merece más que él.

Por último, les señalo que el Capitán Rufino Solano era hijo de Don Dionisio Solano, un valiente Teniente de Patricios, guerrero de las Invasiones Inglesas, y de la Independencia Nacional, que actuó junto al General Manuel Belgrano durante las Campañas al Paraguay y del Norte; y más tarde, fue el jefe de la caravana de familias fundadora del azul, a fines del año 1832; muriendo también en el Azul a una edad superior a los cien años.

A menos de cinco años de la fundación del Azul, nació nuestro personaje (1837), viviendo en su pueblo natal hasta su muerte, ocurrida en 1913. Así lo testimonian su acta bautismal, los Censos Nacionales de 1869 y 1895 (el primero y segundo del país) y la certificación de defunción asentada el año indicado en registro del cementerio de nuestra ciudad.

Este ejemplar ser humano, que lo dio todo por sus semejantes, al cual centenares de familias le deben su existencia, murió pobre, viejo y olvidado en su pueblo natal, y sepan todos que se llamaba Capitán del Ejército Argentino Don RUFINO SOLANO y fue, como él siempre lo decía, un fiel servidor de la Patria.-


Omar Horacio Alcántara
(Sobrino bisnieto de Rufino Solano)
Buenos Aires, Julio de 2007


BIBLIOGRAFÍA Y FUENTES UTILIZADAS

- En los Toldos de Catriel y Railef: Juan Guillermo Durán. Editorial de la Pontificia Universidad Católica Argentina, 2002.

- Historia del Antiguo Pago del Azul: Alberto Sarramone, Editorial Biblos, Azul, 1997.

- Recordando el Pasado: Antonio G. del Valle, Editorial Placente y Dupuy, Azul, 1926.

- Buenos Aires Ciudad y Campaña 1860/1870: Editorial Antorchas, Pablo Buchbinder, Abel Alexander y Luis Priamo, 2000.

- Gran Enciclopedia Argentina: Diego A. de Santillán. Ediar Soc. Anon. Editores, 1961.

- Libro con Indios Pampas y conquistadores del desierto: Samuel Tarnopolski. Buenos Aires, 1958.

- Monseñor Aneiros, Arzobispo de Buenos Aires, y la Iglesia de su tiempo: Héctor José Tanzi. Junta de Historia Eclesiástica Argentina, Buenos Aires, 2003.

- Diccionario Biográfico Argentino: Enrique Udaondo. Imprenta Coni, Buenos aires, 1938.

- Nuevo Diccionario Biográfico Argentino: Vicente Osvaldo Cutolo. Editorial Elche, Buenos Aires, 1985.

- Diccionario Histórico Argentino: Ricardo Piccirilli, Francisco L. Romay y Leoncio Gianello. Ediciones Históricas Argentinas.

- El significado de la Nomenclatura de las estaciones ferroviarias de la República Argentina: Enrique Udaondo (Estación El Lenguaraz). Talleres Gráficos del Ministerio de Obras Públicas, 1942.

- El Beato Miguel Garicoïts Fundador de los Padres Bayoneses, Pedro Mieyaa, Buenos Aires, s.e., 1942, p.376/79.

- Historia Argentina Contemporánea 1862 - 1930. Raúl Entraigas, publicada por la Academia Nacional de la Historia. Editorial El Ateneo, Buenos Aires.

- Caras y Caretas, Año XV, Num. 732.

- Fototeca del Archivo General de la Nación.

- Museo Histórico “Enrique Udaondo” de Lujan.

- Museo “Ricardo Güiraldes” de San Antonio de Areco.

- Archivo Histórico del Ejército Argentino.

- Museo “Julio Marc” de la Ciudad de Rosario.

- Diario "El Nacional" (Bs. As., 14-III-1873).

- Diario “La Prensa" (Bs. As., 13- III- 1873).

- Diario “La Capital” (Rosario, Marzo, 1873).

- Diario “El Tiempo” (Azul, 09 de julio de 1964)

 

Creado: 2009-07-23 23:21:47 - Modificado: 2009-07-24 12:12:29

Comentarios

María del Carmen dijo:

Soy bisnieta,nieta e hija de azuleños y esta nota sobre el Capitán Solano me ha llegado al alma.En mi próxima visita a Azul ubicaré su sepultura y dejaré un ramo de flores para agradecerle humildemente todo lo que hizo por nosotros los que seguramente somos descendientes de aquellos que protegió con su vida.En los tiempos que corren como nos gustaría contar con un hombre con Ud,hombre de palabra,valiente,leal.Con los ojos llenos de lágrimas yo le digo ¡GRACIAS CAPITAN RUFINO SOLANO!Y LE PIDO PERDÓN POR EL OLVIDO DE TODOS LOS AZULEÑOS.

2009-08-22 21:42:42

Antonio González - (nuestrapatria@yahoo.com.ar) dijo:

Estimada lectora María del Carmen: Son sus palabras un acertado y claro resumen de los sentimientos que despiertan este notable e inigulable personaje, el noble capitán Rufino Solano. Lo mismo en lo que se refiere a los habitantes de Azul, una ciudad sin memoria y sin gratitud. La felicito por su valentía, por animarse a transmitir lo que los azuleños se niegan a ver porque quedarían en evidencia sus ancestrales defectos y falencias. Le envío un gran saludo: Antonio.-

2009-11-23 00:12:14

roberto landaburu - (robertolandaburu@ciudad.com.ar) dijo:

Excelente el trabajo del Capitan Solano, quien mucho se intereso en el rescate de cautivas llevadas de la provincia de Santa fe. Me gustaria comunicarme con el escritor Alcantara

2010-07-03 14:08:07

Carlos Perpen Troncoso - (cperpen@yahoo.com) dijo:

Me encantaron las historias aqui contadas, me gustaria saber a cerca de Don prudencio Troncoso, que se instalo en el Azul por el 1840 creo y tuvo muchos hijos uno de los cuales era mi bisabuelo, Muchas Gracias!!!!

2010-09-21 18:30:20

enrique elias carrasco - (enrique.visedo@gmail.com) dijo:

Es increible cómo, por lo general, sobresalen los inescrupulosos y ladrones antes que las verdaderas personalidades que se sacrifican en bien de sus semejantes y en bien de la humanidad. Un hombre como el Capitan SOLANO es digno de poner como ejemplo del verdadero HOMBRE con todas las letras. Nunca más digno que aquel que manifiesta toda su nobleza ante cuelquier circunstancia. Y eso fue el Capitan SOLANO. Sí. Dicen que la historia la escriben los que ganan...¿qué ganan? ¿qué aportan a las futuras generaciones? quizas el lamentable clima social en que estamos inmersos: Plagados de corruptos y ladrones. Habrá que copiar a ese grandioso señor si queremos cambiar la historia.

2011-03-05 12:48:46

maria el carmen dandrea - (bibiya2005@hotmail.com) dijo:

quiciera saber una historia de una cautiva llamada maria del carmen troncos liberada en la epoca de rosas... cautiva por los indios

2011-06-22 13:27:40

 

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